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Nadie se pudo percatar, ni imaginar en lo más mínimo, que Olga y yo hubiéramos tenido sexo en la oficina, salvo, desde luego, los infundados celos de su esposo, aunque ella me contó aquel día que ni siquiera se le pasó por la mente decirle a él que yo también estaría trabajando el día de vacancia. Olga y yo nos encontrábamos todos los días en la oficina y ella al mirarme, y recordar nuestro encuentro, simplemente sonreía, pues no podíamos despertar la más mínima sospecha.